Se vieron una vez. Se enamoraron.
Ella, desde su torre de marfil, él, desde las mazmorras, cada uno desde su lugar pensaba en el otro.
Se veían poco, pero pasaban todo el tiempo deseando ese encuentro. El único momento en el día en el que podían cruzar miradas, regalarse una sonrisa. Si lo planeaban bien, podía haber un roce de manos, un encuentro físico fugaz, alguna oportunidad para mirarse a los ojos de cerca.
Ella se fue de viaje. Él se fue a otras mazmorras. No volvieron a verse.
Poco tiempo después volvieron a contactarse. Comenzaron a mandarse mensajes.
De alguna manera, coincidieron en crear una relación imaginaria, epistolar.
Se escribían sobre las charlas que tendrían, lo que estarían bebiendo, la música que quisieran estar escuchando y las películas que verían, sea en casa o en el cine, porque si, también iban a citas imaginarias.
En algún momento comenzaron a crear una casa imaginaria. Comenzaron a encontrar sus espacios, a decorarla, a pasar tiempo en ella. Terminó siendo un cálido palafito en una playa paradisíaca.
De pronto estaban conviviendo en esa cabaña, compartiendo amaneceres, atardeceres, medianoches.
La imaginaria rutina se volvió real.
Las conversaciones comenzaron a ser menos frecuentes.
Ninguno se olvidó de la casa. Ambos la frecuentan pero ya no se reúnen.
Algunas veces, ambos coinciden en la casa, en el mismo momento.
Pero ya no se ven.
Se veían poco, pero pasaban todo el tiempo deseando ese encuentro. El único momento en el día en el que podían cruzar miradas, regalarse una sonrisa. Si lo planeaban bien, podía haber un roce de manos, un encuentro físico fugaz, alguna oportunidad para mirarse a los ojos de cerca.
Ella se fue de viaje. Él se fue a otras mazmorras. No volvieron a verse.
Poco tiempo después volvieron a contactarse. Comenzaron a mandarse mensajes.
De alguna manera, coincidieron en crear una relación imaginaria, epistolar.
Se escribían sobre las charlas que tendrían, lo que estarían bebiendo, la música que quisieran estar escuchando y las películas que verían, sea en casa o en el cine, porque si, también iban a citas imaginarias.
En algún momento comenzaron a crear una casa imaginaria. Comenzaron a encontrar sus espacios, a decorarla, a pasar tiempo en ella. Terminó siendo un cálido palafito en una playa paradisíaca.
De pronto estaban conviviendo en esa cabaña, compartiendo amaneceres, atardeceres, medianoches.
La imaginaria rutina se volvió real.
Las conversaciones comenzaron a ser menos frecuentes.
Ninguno se olvidó de la casa. Ambos la frecuentan pero ya no se reúnen.
Algunas veces, ambos coinciden en la casa, en el mismo momento.
Pero ya no se ven.

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