Aquella madrugada en que todo se daba para la melancolía, el reproductor soltó aquella canción, esa que le calaba los huesos más que los dos grados bajo cero de temperatura. “You call me from the room at your hotel” comenzaba, y casi podía recordarle las veces que ella llamaba desde la habitación, no de un hotel pero de su casa y le hablaba de ese tipo con el que salía, ese que según él, no la merecía.
La canción que habla de una historia de personas separadas le sonó en la cabeza todo el día. Recordó cuando la conoció, bailando. Su primer beso, ese que él no se animaba a dar hasta que ella le pregunto “¿Siempre hablas tanto?”. Vinieron a su mente algunas salidas, algunas noches juntos, las mañanas de desayunos casi al amanecer, los besos en la cocina mientras preparaban la comida. Las varias casas por las que pasearon su amor cada vez que volvían, y sí, claro, recordó cada una de las veces que ella lo abandonaba. Entonces recordó cada una de sus desapariciones, de sus negativas a atender el teléfono, de sus “no eres tú, soy yo”. Recordó como lo invadía esa sensación casi de resaca luego de una terrible borrachera de amor.
Ocho horas de trabajo, diez si contamos las dos horas de viaje ida y vuelta. 10 horas de recuerdos tristes y esa misma canción en la mente. Ese potente estribillo “you have no right, to ask me how i feel”, “no tienes derecho a preguntar cómo me siento”. Eso quería gritarle, deseaba que lo llamara para gritárselo al oído, para que las palabras le atravesaran la cabeza como una bala antiaérea ¡NO TIENES DERECHO A PREGUNTAR COMO ME SIENTO! ¡NO TENES DERECHO A HABLARME TAN AMABLEMENTE!
En el viaje en tren de vuelta a casa había repetido la canción unas 15 veces y se decía a si mismo que de encontrarla cara a cara se lo diría de ese modo, ella lo merece, merece que se lo diga así, con frialdad, con el cortante acero del amor muerto.
Lo increíble es que mientras el humano hace planes, el destino, maestro de la ironía, busca como joderlo.
Esa misma tarde, mientras bajaba del tren masticando rabia antigua, mientras desangraba desamor por la calle peatonal, levanto la vista y la vio. Ella sonrió, se acercó, le dio un abrazo cálido como los que siempre han compartido, lo miro a los ojos con ese mismo amor que había prometido tantas veces y luego de unos segundos de un silencio maravilloso le pregunto cómo estaba, y él… Él le dijo “tomemos un café y te cuento”.

0 comentarios:
Publicar un comentario